Un fotomontaje que muestra abrazados al pintor y al poeta suscita una oleada de críticas por «manipulación» y, sin embargo, siendo falso, esconde una verdad interior. O de la fotografía como sublimación de lo no vivido.

En otro de sus desquiciados espasmos, la Red exuda ahora otra vaga polémica con epicentro en la distorsión de una imagen. De nuevo, los incrédulos que le confieren absoluta veracidad a cualquier fotografía de apariencia realista que se les ponga por delante, son sacudidos en su ingenuidad preanalógica. Ya oigo la cantilena del habitual coro de dolientes: pobres imágenes; virginalmente indefensas, mudas, abandonadas ahí, en el desamparado encierro de su rectángulo, siempre aprovechables y disponibles.

Con titulares desorbitados -«El Gobierno manipula una foto de Dalí para reivindicar la homosexualidad de Lorca»- el público se excita porque en una imagen muy célebre de Salvador Dalí junto a su esposa Gala acomodada con arrobo en su hombro, la cabeza de esta ha sido reemplazada por la de Federico García Lorca quien, aparentemente recostado sobre Dalí en la dulce posición de un amante atrapado en la tela de araña de los brazos de su novio, mira a cámara -nos mira- con una mezcla de descaro, determinación y orgullo. En Twitter, el anunciante de esta nueva versión solo tiene que rubricar la imagen con su largo nombre para cargarla de sentido: Dirección General de Diversidad Sexual y Derechos LGTBI del Ministerio de Igualdad del Gobierno. Adjunta, una cita de la «Yerma» de Lorca, una de esas citas polivalentes y neutras (como las imágenes) de funcionalidad múltiple -«Hay cosas encerradas dentro de los muros que, si salieran de pronto a la calle y gritaran, llenarían el mundo»- termina de editorializar definitivamente el montaje. La «narrativa» ha sido cuajada: la imagen es una soflama del orgullo homo. Mi enhorabuena al diseñador del storytelling. En principio, propulsado por dos iconos de gran cilindrada visualmente vendidos como los amantes que nunca antes vimos, el tuit contiene la aerodinámica precisa para ascender hasta la superficie de la Red y constituir un éxito. Pero para defenderse allá arriba arrastra un fardo demasiado pesado: la imagen es tan rematada y burdamente falsa, y su uso tan delatadamente interesado, que rápidamente es acorralada en la guerra de guerrillas de los contratuits y las escaramuzas de prensa. La Dirección General de Diversidad Sexual y Derechos LGTBI del Ministerio de Igualdad del Gobierno no mantiene su doble o nada y cede. A las pocas horas, tuit hundido y retirado. Lástima: daba juego.

¿Manipulación? ¿Fake? ¿Posverdad? No. En realidad, teniendo una pizca de pimienta de cada hipótesis, nada de eso. O no… exactamente. Veamos.

La imagen no es, exactamente, una «manipulación». O no lo es en su sentido peyorativamente clásico. Es un fotomontaje, una «re-creación» deliberada y enteramente nueva. Un «gesto artístico» destinado a desequilibrar el tablero de las percepciones de la identidad sexual. Lo elaboró, en 2011 o 2013, no lo tengo del todo claro, David Trullo (1969), un artista visual en la órbita del arte gay y queer acostumbrado a desestabilizar piezas del arte clásico con relecturas que reivindican una sexualidad disidente, para una exposición llamada «Fauxtographies» que pudo verse en Madrid en 2013 -o quizá incluso antes, en Pozuelo de Alarcón en torno a las celebraciones del Día del Orgullo Gay de 2011: tengo delante de la pantalla dos dataciones que se contradicen- y aún reapareció años después, en 2019, para otra exposición, «Amor (alas y flechas)» en el Centro Federico García Lorca de Granada. O eso sostenía en 2019 alguna reseña de prensa. Incidiendo en la condición homo del poeta, Trullo tiene otra obra, «Mil de Federico García Lorca», que consistió en insertar el rostro de Lorca en un billete de mil pesetas. Como quizá habría acabado haciendo la República. Pero, como ya hablamos de dinero real y contante, y puesto que nadie ha visto jamás tal billete dentro de su cartera, al verlo reproducido en una pantalla nadie ha protestado nunca por creerse víctima de una estafa monetaria.

Acabemos con las hipótesis. ¿Será esto un fake? Tampoco. Un fake -al menos, un buen fake- tiene la intención de engañarme: es una imitación de la realidad… falsificada. Pero, ¿cómo va a engañarme un fotomontaje que se presentó con este pie de foto: «Lorca y Dalí en la piscina del Hotel Rembrandt. Tánger. 1942»? Si por lo menos lo hubiera fechado en Cadaqués en 1927 -cuando Lorca regresó a la casa de la familia Dalí y el romance estuvo más cerca que nunca de prender y arder- podríamos hablar de una voluntad plena de engaño. Pero, caramba, fecharla en Tánger en 1942… A Lorca se le ve demasiado feliz para llevar ya entonces… 6 años muerto. No. Un fotomontaje que incluye ese pie de foto es un fotomontaje que no oculta su naturaleza de superchería. Incluso de broma. O, si acaso nos lo tomáramos demasiado en serio, un ejemplo de lo que Kracauer creía que eran las fotografías: «un embrollo hecho en parte de basura». En este caso, de detritus de otras imágenes.

En realidad, a mí toda esta arqueología de esta imagen me resulta absolutamente indiferente. Solo la aporto como un pequeño indicio de lo entretenido y de lo que puede llegar a dar de sí el rastreo de la genealogía de una fotografía. A mí lo que me interesa de este fotomontaje es que siendo -como todos los fotomontajes- absolutamente falso, a mí, sin embargo, me vibra real y auténtico. Es cierto que el rostro de García Lorca está abruptamente encajado: aunque es cierto que, en el conjunto de las artes visuales, la esencia de la mirada exacerbada es básicamente fotográfica, me chirría el desajustado aire instagramer del poeta. Casi podría adivinar fuera de plano su brazo extendido ejecutando el selfie imposible para la época. Pero también es cierto que si toda pulsión visual está impregnada por el latido de un deseo -o eso dice Lacan- incrustado en esta composición Lorca, frente al ajeno y sereno quietismo de Dalí, desborda una expectativa de deseo, ardor, libido. Justo el juego de fuerzas que, se supone, latió entre ellos.

De modo que no puedo evitar contemplar en esta falsificación una verdad profundamente escondida. Ante estos Lorca y Dalí tan falsariamente arrobados estamos, forzando un poco la máquina pero como explica Alessandro Baricco en «The Game», ante algo parecido a una típica paradoja propia de los nuevos lenguajes de la Red: no ante una falsificación, ni ante una manipulación, ni ante un fake, sino ante la creación de una suerte de «verdad inexacta» que, sin embargo, en su falta de autenticidad plena, expresa otra verdad profunda y verídica: la conocida y bien documentada atracción sentimental y erótica nunca consumada (que se sepa) entre Dalí y Lorca, aquí comportándose ante la cámara como la pareja que no fueron nunca.

Es cierto que, por mucho que la maticemos -todos los indicios apuntan a que Dalí alentó en Lorca una ardiente atracción ante cuyo fuego devorador finalmente el pintor, sobre el que flota la leyenda de un ser ambiguo y asexuado, retrocedió sin ser capaz de consumarlo y luego es fama que en los últimos días de su vida, cuando se desprendía de la vida como un alma arrepentida, solo se le entendía balbucear como un susurro: «¡Lorca, mi amigo Lorca!». Como también es conocido que Luis Buñuel, en «Mi último suspiro», le arrea a Dalí, del que acabó separado por completo, por haber propagado él también («innoblemente», escribe) que el de García Lorca fue un «crimen homosexual». Sí, todas estas circunstancias envolventes (y más) son ciertas y aguijonean la verdad interior del fotomontaje, pero al margen de la excitante intrahistoria de la compleja relación entre estos tres genios, encuentro una verdad poética latente en esta imagen falsificada. Como si esta fotografía fuera el cumplimiento póstumo, la imposible huella visual, de un affaire que se quedó sin zanjar en vida. Como si la fotografía pudiera ser -también- el registro sublimado de lo no vivido. Como si la fotografía pudiera restituir lo que quizá solo impidió el contexto moral, histórico, de otra época. Como si la fotografía pudiera reordenar la vida a impulsos de dos motores netamente surrealistas cuyos espíritus flotan sobre esta imagen que mezcla tempos y figuras alteradas: la discontinuidad y la dislocación.

El resto del asunto remite a la conmovedora terquedad -ya analizada en este blog- con la que el espectador común sigue concediéndole toda su credulidad a una fotografía con tal de que su apariencia sea realista. Pues el espectador común no analiza lo que ve: solo lo aprueba o lo condena. El resto del asunto incumbe a la desesperante negligencia de los medios por no chequear la verosimilitud de lo que publican, a la estúpida capacidad replicatoria de las redes sociales para expandir absurdas polémicas que, en realidad, nadie examina, a la esgrima voraz de una clase política que, de nuevo en este asunto, solo usa las imágenes, imaginarias o reales, como bloques de hormigón para lanzarlos como armas -que es lo que ahora son las imágenes- contra la cabeza de su contrincante y, por supuesto, a la habilidad de un activista gay experto en crear artefactos visuales que performatizan las relaciones de género desequilibrando la mirada del espectador, como en este caso, con efectivas -y efectistas- patrañas visuales que cumplen su función de ser, a la vez, banderolas de orgullo y trampas para la desestabilización.

Enhorabuena a Trullo: así que pasen 10 años, su trola visual sigue dando juego. Y el que dará, seguro.

Dalí y Lorca: la verdad de un falso abrazo
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