Fotógrafo camaleónico que saltaba del fotoperiodismo de batalla al retrato del mundo del espectáculo, Harry Benson ha poblado nuestro imaginario de imágenes tan fieras y triviales como icónicas

Greta Garbo, nadando sola, en una «scoop» de Harry Benson

No, no es un Joseph Koudelka, ni un René Burri, ni un Willy Ronis, ni un Don McCullin, ni ninguno de esos fotógrafos con los que es fácil que estemos masivamente de acuerdo en considerar maestros. Sin embargo, es uno de esos artesanos eficientes, de esos «obreros altamente cualificados» que han poblado nuestro imaginario de imágenes impactantes, perdurables, que él fue atrapando con una mezcla explosiva de astucia personal, una carismática empatía que le abría la llave de entornos de muy difícil acceso y una dosis no menos explosiva de coraje y descaro sobre la que anclaba la convicción de que, con tal de conseguir la foto, que era el único mandamiento de los reporteros de su estirpe, se podía sacrificar (casi) cualquier objeción ética.

Confieso que, pese a haber visto muchas imágenes suyas sin reparar en su firma, no sabía gran cosa de él antes de ver el documental “Harry Benson: shoot first». Pero también confieso que, cuando lo ví, me enamoré de un fotógrafo arrollador, eléctrico, uno de esos «brillantes segundones» que desguarnecido de cualquier parapeto teórico, se paseó a cuerpo descubierto por el oficio cambiando de escenarios, ya fueran frívolos o trágicos, con una asombrosa capacidad camaleónica. Adoro a esa clase de fotógrafos sencillos y directos. Otro de esos que en su esplendor disfrutaron de un enorme impacto, pero del que hoy apenas circulan un par de imágenes de Los Beatles, a los que por cierto llegó casualmente. La historia, caprichosa, es que Benson debía volar a África para otro reportaje cuando el editor de The Daily Express le cambió la hoja de ruta, y su vida, mandándolo a París a fotografiar a un grupo de mocosos en un trabajo que al propio Benson le irritó porque no era «muy serio». Todo por culpa de ser «guapo», pues el editor no quería a un fotógrafo viejuno y ajado al lado de esa cuadrilla de adolescentes que, como no se había visto nunca hasta entonces, enfervecía a las chicas en sus conciertos. De Los Beatles, a los que luego acompañó en su primera gira americana, nos dejó imágenes icónicas como la célebre, y algo tonta, de la batallita a almohadonazos en una suite del hotel George V de París. Pues de esas imágenes intranscendentes y triviales, nuestro hombre era capaz de saltar a otras con mucha más garra y más drama, como las del cuerpo de Bobby Kennedy instantes después de ser asesinado en el 68 en Los Ángeles. Por ninguna de ellas, ya fueran «frívolas» o «serias», pidió jamás que lo sentaran en un trono. Y todas las despachó con el mismo rango de entrega y de eficacia.

Los Beatles, en el hotel George V de París / Foto: Harry Benson
El senador Robert F. Kennedy yace en el piso del hotel Ambassador tras recibir un disparo en Los Ángeles, 1968 / Foto: Harry Benson

Extraño alfa y omega del mismo fotógrafo: del reportaje naif y pueril del ascenso de los nuevos mocetones del pop, al intenso fotoperiodismo de batalla librado cuerpo a cuerpo muy cerca de donde silbaron los balazos que abatieron a la promesa progresista de otro Kennedy caído en pleno vuelo. Y de ahí, sin transición, saltando a las hazañas del reportero intrépido que fotografió el interior del IRA, que documentó numerosos conflictos raciales o que se coló en una velada del Ku Klux Klan hasta tan dentro que podía captar cómo las madres racistas hasta la médula acunaban con amor a los futuros cachorros de la supremacía aria. Yo no sabía con cuál de esos variados, eclécticos y contradictorios fotógrafos quedarme siendo todos el mismo pero, en apariencia, tan diametralmente opuestos.

Mujer militante del Ku Klux Klan con su bebé / Foto: Harry Benson
Disturbios raciales en MIssissippi / Foto: Harry Benson

Al final el documental, excelente, los unifica a todos imponiendo la figura divertida y seductora del propio Harry Benson, esa clase de fotógrafo pícaro y vividor, astuto y gentil, que parece la encarnación de la leyenda de los viejos reporteros, esa clase de fotógrafo resolutivo e impactante que, sin ser estéticamente un gran fotógrafo –o precisamente por ello- se convirtió en el retratista de las celebrities y el business. Un “cocinero” de portadas para Life, Vanity Fair, Vogue o Time, que tenía la habilidad de engatusar a Johnny Carson, al matrimonio Reagan, a Michael Jackson, al medio autista y evasivo Bobby Fisher -al que consiguió retratar en Islandia en un trabajo realmente estupendo- y así a toda una constelación de estrellas que se entregaban a su cámara dispuestos a concederle todos sus caprichos, cuando acceder al círculo privado de los poderosos aún era posible para los fotoperiodistas, capturándolos con una mezcla explosiva de amabilidad y picardía en instantáneas que, en general, puede que no pasarán a la Gran Historia del Retrato, pero que desde luego componían portadas que visualmente invitaban a vender millones de revistas en los kioskos. Hablamos de Life. Hablamos de cuando la cultura gráfica de las revistas populares hoy nos puede provocar mucha melancolía.

Portada de Vanity Fair con el matrimonio Reagan / Foto: Harry Benson
Portada para New York / Foto: Harry Benson

Con Harry Benson, reivindicamos el arte de surtir y fabricar portadas donde encajar el gancho comercial de una potente imagen con el logo de la revista y los titulares. Un dificilísimo subgénero del oficio. Porque, al hablar de Harry Benson, hay que recordar la gloria, pero también la funcionalidad y las servidumbres de esa clase de trabajo periodístico. Y esto no lo escribo con ningún ánimo peyorativo: ojalá muchos fotógrafos de hoy, artistas kamikazes que se dan de bruces contra un mercado que no puede financiar tantas ambiciones de autoría, pudieran abrir una cuenta corriente en la industria periodística y desdoblar su trabajo, entre el oficio y lo creativo, aprendiendo al fin a dialogar con el gran público. Ya no pueden: las revistas han muerto.

Ethel Kennedy intenta impedir la toma de fotografías inmediatamente después de la muerte de su esposo / Foto: Harry Benson
Greta Garbo, solitaria, abandona la playa en otra exclusiva de Harry Benson
Una niña contempla el cadáver de Martin Luther King / Foto: Harry Benson

Así, oscilando entre sus trabajos más fiera y comprometidamente periodísticos y aquellos otros que, sirviendo igualmente a los encargos de los semanarios, le conectaron con la jet-set del show business y el espectáculo -Michael Jackson, Muhamed Ali, Liza Minelli y sobre todo, un buena reata de músicos y cantantes- a los que fotografió generalmente de una forma muy amable, Harry Benson fue conformando otra de esas extrañas carreras de los que transitan por «tierra de nadie», con un pie a cada lado de la acera, y, por lo tanto, no son reivindicados plenamente como «autores» por prácticamente nadie, aunque nadie pueda discutirles que fueron fotógrafos de una pieza que cumplían siempre con el encargo.

Retrato de Paul Getty / Foto: Harry Benson
Sesión de moda / Foto: Harry Benson
Retrato de Truman Capote / Foto: Harry Benson
Retrato de un líder del Ku Klux Klan / Harry Benson

Al contrario que otros muchos, producidos y dirigidos por familiares de los artistas y fotógrafos que convierten a sus documentales en loas hagiográficas de sus parientes eludiendo sus «zonas de sombra» o escondiendo sus detritus bajo la alfombra, este documental de Harry Benson es dialéctico, crítico y muy capaz de poner al biografiado contra las cuerdas. Como a de hacer un documental periodísticamente bueno. Así, cuando nos cuenta el episodio del asesinato de Bob Kennedy –otro amigo de Benson- se deslizan dudas morales muy serias acerca de cuál debería ser la misión de un fotógrafo que, cubriendo el periplo electoral de un político, se encuentra con que éste es tiroteado: al verlo en el suelo, Benson disparó su cámara y no socorrió al herido, elección que a Carl Bernstein le provoca graves dudas éticas que Benson encaja atribuyéndolas a las debilidades de esos periodistas que se avergüenzan de sí mismos porque, de encontrarse en circunstancias similares, no habrían tenido redaños suficientes para hacer lo que él hizo: antes que ninguna otra cosa, cumplir con su trabajo.

El mismo asunto se suscita cuando un sobrino-nieto de Greta Garbo lo acusa de fotografiar a la leyenda de la actriz convertida ya en anciana mientras se bañaba en el agua, sin su permiso. Una anacoreta voluntaria capturada en una vejez solitaria. “Paparazzi”, le insulta, recordando que a su tía-abuela aquella foto que la devolvía a las portadas de unas revistas de las que había decidido desaparecer voluntariamente hacía mucho tiempo, le pareció “una repugnante intromisión en su vida privada”. Y Benson, que encaja mal el adjetivo “paparazzi”, por toda explicación vuelve a su teoría de que los que critican esas fotos lo hacen por ocultar “su falta de redaños” para hacerlas. Oírle defenderse así a sus 89 años, nos confirma que Harry Benson debió ser toda su vida un escocés bravo, muy bravo. Y nos plantea que es inútil someter el pasado al cedazo de los nuevos preceptos de los tribunales morales del presente.

Mark David Chapman, salta para un retrato de Harry Benson

Claroscuros de un fotógrafo que se pasó su vida cruzando de ida y vuelta la frontera difusa entre el periodismo serio y la “scoop” de la prensa populista. Claroscuros de un fotógrafo del espectáculo que cuando acude a la cárcel a retratar a Mark David Chapman, el asesino de John Lennon, en unas tomas de una frivolidad más que cuestionable, para congeniar y granjearse a su personaje y lograr la espectacular foto de impacto que buscaba en esos casos, le dijo: “Creo que John murió como quería morir”, según recuerda el reportero literario que le acompañaba en el encargo. Ese tipo de frase amable y “conciliadora” con que los periodistas, para engrasar y obtener nuestro trabajo, tenemos que sobar y barnizar a nuestros personajes por repugnantes que puedan serlo.

¿Debió sobarlo hasta ese punto con tal de arrancarle la foto? Harry Benson se disculpa contraatacando: John Lennon, como antes Bob Kennedy, nos dice, entenderá que solo estaba haciendo su trabajo y se lo perdonará cuando todos se encuentren felices en el cielo. Razones de un fotógrafo de la vieja estirpe de los que se criaron bajo un mandamiento único: «¡Ve allí y consigue la foto!»

Mientras tanto, en esta tierra, algunos no se lo perdonarían nunca.

Harry Benson: ¡Consigue la foto!
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