Encapsulados en los autobuses, sumidos en su limbo, los viajeros, tras los cristales empañados, desnudan su soledad ante la cámara de Manuel J. Pineda en «Ausencias», un poético trabajo de rasgos alucinatorios que explora el desamparo de lo que vemos desdibujado

Foto: Manuel J. Pineda

Viajeros solitarios encapsulados en una suerte de aséptica nave espacial que atraviesa un espacio sin tiempo. Extraídos de su realidad. Sumidos en un limbo urbano, con la mirada vacía, hueca, extraviada en algún más allá, como si durmieran un profundo sueño. Como si en ese instante habitaran en un fuera de sí abotargado. Repaso las imágenes de «Ausencias» y deslizo el pulgar por ellas y cuando acaricio a estos pasajeros, recuerdo, viéndolos en su vaciada soledad, una cita de James Agee: “Todo el mundo tiene una herida y una desnudez que ocultar”. Cuando perdemos la conciencia, abstraídos en el túnel sin tiempo de un transporte público donde todos parecemos personajes de Samuel Beckett extraviados en un viaje que por un instante parece no tener rumbo ni destino, no podemos evitar enseñar esa herida en público.

Foto: Manuel J. Pineda

Desde Walker Evans, Helen Levitt, Louis Stettner o Bruce Davidson hasta llegar a Nick Turpin, por citar algo, sabemos que hay una larga y diversa tradición, más tensa o más dulce, de fotografiar a viajeros urbanos en tránsito. La iconografía americana consagró las tomas en el metro, símbolo suburbano de la modernidad y la enajenación, la deshumanización y la violencia de las grandes urbes. Pero las realizadas en los autobuses, que también tienen su buena tradición, nos devuelven a una especie de otro tiempo remoto, un tiempo suspendido, más poético, y nos permiten, visualmente, aislar mejor a los sujetos parapetados tras el muro de un cristal empañado, turbio, deslustrado por la lluvia, esa cosa que a su vez, como nos enseñó Borges, siempre sucede en el pasado. Igual que estas imágenes, que nos relampaguean como melancólicos destellos de memoria, pues todos, no pudiendo ver el nuestro, hemos visto alguna vez estos rostros ausentes y abstraídos en el asiento de al lado y, viéndolos, nos hemos preguntado: “¿Cómo será la vida de este tipo? ¿Adónde irá? En qué estará pensando?”
Es innegable la vocación literaria de estas fotografías. Lo cual –y lo advierto para los que enseguida enarbolan la capacidad autónoma de las imágenes para denotar cualquier significado, por complejo que sea, más allá y sin necesidad de las palabras- para mi es un piropo, pues en el fondo, como me dijo una vez el pintor Alfonso Albacete, una posible medida de la altura del arte está en su capacidad para generar, o no, literatura, discurso. Estas imágenes, que claman su elocuencia, tienen esa capacidad sin dejar de ser, como lo son en sí mismas, delicados poemas visuales acogidos a la estela de los Ackerman y cia.

Foto: Manuel J. Pineda

Álbum de retratos, este libro no es, exactamente, un libro de retratos. Tampoco es exactamente street. Pero podría ser street, de algún modo. No tiene el espíritu de un reportaje. O sí lo tiene, si atendemos a Jeff Wall cuando nos dice que el reportaje evoluciona a partir de las partes borrosas de la fotografía. Tampoco son una simulación de la pintura: sin embargo, las manchas de luz y oscuridad, derramadas como paletadas de píxeles, evocan en algunas imágenes lo pictórico.
De noche, bajo la lluvia, un fotógrafo embozado que, como un cazador agazapado en su puesto espera durante horas la presa de su imagen, enfoca a los autobuses ambulantes como si éstos, cuando se detienen ante él, fueran un decorado. Una pasarela de figurantes que quizá puedan esquivar la mirada del transeúnte que tienen sentado enfrente, pero que no pueden evitar la absoluta autoridad del ojo intrusivo y penetrante de una cámara.
En muchas tomas, sabemos que la escena sucede en un transporte porque así lo delata el marco de la ventana o alguna otra huella gráfica pero, en otras, no hay rastro de nada salvo el vaho del cristal ensuciado por el que se deslizan, quizá como lamentos, regueros de gotitas de agua. Es ahí, en esas imágenes descontextualizadas, envasadas al vacío, combinadas con el rapto de las miradas de los pasajeros sorprendidos como en trance, donde
este trabajo adquiere para mi rasgos irreales, desvariados y alucinatorios. Me gustan mucho algunas de esas imágenes que pueden irradiar, como la de la chica de la cabecera del post, los destellos fantasmagóricos de una presencia que, en su indefinición, no parece una presencia: parece una ausencia.

Foto: Manuel J. Pineda

Antes escribí la palabra “borrosidad” y ahora vuelvo a ella para señalar que en estas imágenes somnolientas y como soñadas, la indefinición, la trepidación que las enturbia es precisamente la huella que deja la autoría del fotógrafo: contra quienes se aferran al principio de nitidez como una señal del realismo de la imagen, la borrosidad, paradójicamente, es un indicio de veracidad, pues lo realmente engañoso es la nitidez hiperrealista que nos induce a creer que lo que vemos fue un día verdad, tal cual. Algo que, todos sabemos, no es verdad. Sí, es cierto que la borrosidad no es garantía de arte. Pero en el ensueño de lo desenfocado, la imagen no está lejos de la abstracción. «La bruma visual significa que aquí estamos solos, que nos encontramos en un reino donde todo está cercano, a flor de piel y lleno de emoción. Hay desamparo en lo que vemos desdibujado», añade Mark Cousins. Cuando lo leo, recuerdo imágenes como estas de Manuel J. Pineda en la que el «sfumato», aquella técnica de imprecisión pictórica, de pinceladas desvanecidas como el humo desarrollada por da Vinci, permite que la imagen oscile entre lo visto y lo no visto. Como el halo del fogonazo impreciso que deja el interior de un autobús en tránsito.

Foto: Manuel J. Pineda

Otro factor de “Ausencias” que me interesa es el elemento acumulativo. Las imágenes son parecidas, similares, como variaciones sobre un mismo tema, pero es precisamente ese carácter aditivo el que va perforando, envolviendo, aprisionando nuestra mirada. El trabajo es monocorde, sí, aunque cada toma es diferente y su presentación en el libro además, le ha conferido cierta movilidad alternando las posibilidades gráficas de su paginación. Pero la obstinación del discurso visual, pues no siempre “menos es más”, reivindica la reiteración como otro recurso de la creación. Basta con dejarse llevarse por las repeticiones cíclicas de una envolvente sinfonía de Haydn, con la insistencia lacerante de una sonata de Franz Schubert o con entrar en el bucle repetitivamente obsesivo de la escritura de Thomas Bernhardt. Tres centroeuropeos: como la fotografía de Manuel Jesús Pineda (Jerez), que no parece meridional ni sureña. Aquí, en estas imágenes, es la repetición la que construye una especie de marco general psicótico, como un enajenado universo colectivo que cobijara a este puñado de seres extraviados en una ciudad de noche que les concediera, digamos, una suerte de patria común: la patria de la soledad y del delirio en la que nos podemos esconder -salvo para el escáner de la cámara- incluso cuando viajamos en público rodeados de otros seres tan extraviados como nosotros.
Extraño fotógrafo andaluz que, en la ciudad plenisolar, en la ciudad de las duras luces y las sombras duras se obstina en fotografíar a oscuras y lloviendo, Manuel parece llevar la borrosidad dentro de sí. Pienso en esto repasando el libro mientras caigo en la cuenta de que todas estas imágenes de seres deambulando solitariamente entre otros seres solitarios, fueron tomadas, igualmente, por un solitario. Sí, somos lo que fotografiamos.
Imagínense sentados juntos al cristal empañado de su asiento de autobús mirando entre las texturas del vaho, viendo cómo un tipo con aires de despistado agazapado bajo la marquesina de la parada nos espía a hurtadillas para capturar nuestra identidad abierta de par durante ese transitorio estado de funambulismo en el que ingresamos durante el trayecto camino de nuestra parada final.

Foto: Manuel J. Pineda


Esa es la imagen que nos falta en este libro. La imagen de ese otro solitario, pues todo fotógrafo es un solitario que, como dice Vari Caramés, cree que el misterio es la niebla de las cosas. Un fotógrafo como Manuel que, me parece, trata de ver, sí,…, pero no del todo… porque no hay nada más potente y más seductor en fotografía que lo que no podemos ver del todo. Aquello que solo podemos intuir y que vemos como tras la veladura de un sueño o como la memoria desdibujada e imprecisa que nos dejó el recuerdo de una película, y cuyo puzzle nosotros tenemos que reconstruir, como los pasajeros del autobús de Manuel Pineda, solos. Eso que no podemos ver con toda claridad es lo que nos turba y nos atrae, nos seduce y nos hace inseguros.
Por supuesto, blanco y negro. Grano… o pixel. Texturas. Alto contraste, para que las masas de negro ciernan y atenacen, destacándolas, la luz de los rostros fosforesciendo, a veces, como ángeles en la noche. Cine evocado. Poema fotografiado. Imágenes con latentes novelas escondidas dentro, pues aceptar la invitación a seguir el rastro de cada viajero nos conduciría a perdernos en una nueva historia. Retratos que rozan, en algún caso, un ejercicio formalista de abstracción y de texturas. Fotografía del temblor y la mirada. Ojos, los nuestros, que miran a otros ojos que, ausentes, miran a ninguna parte, huérfanos.
Cuidado cuando viajen en autobús de noche bajo la lluvia y abstrayéndose fuera de sí, revelen esa profunda intimidad que, a diario, escondemos a la luz. Cuidado porque, cámara en mano, nos acecha otro solitario como usted o como yo, un raro y obsesivo flâneur de parada de autobús. Mi sueño es que, viajando yo en uno de esos autobuses, una noche lo sorprenda en su parada para que, disparándonos mutuamente nuestras cámaras, dos soledades se encuentren, al fin, en un clic.

(Artículo elaborado a partir de un texto escrito especialmente para la presentación del libro «Ausencias», de Manuel Jesús Pineda, en Sevilla, en noviembre de 2018)

Vídeo de «Ausencias», de Manuel J. Pineda

Viajeros a la deriva
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2 pensamientos en “Viajeros a la deriva

  • 30 abril 2020 a las 20:14
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    Que bien lo has escrito, de verdad me ha producido emoción. Las palabras escritas son misterio para mi.

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    • 1 mayo 2020 a las 16:09
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      Créeme que, para mi, también lo son. Muchas gracias, Isa, un beso.
      Juan

      Responder

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