Muchos aficionados, fingiendo un falso documentalismo e incluso pagando por fotos, expanden una visión colonialista del mundo con imágenes que solo son clichés pintoresquistas para ganar likes o concursos

Foto: Juan María Rodríguez / Etiopía 14

Armados con un cámara, ese complemento ad hoc que convierte al turista en el protagonista de un safari visual, viajamos por el mundo llenando nuestras tarjetas de memoria de clichés pintoresquitas y otras epidérmicas estampas costumbristas. Fingiendo ser por unos días el reportero que no somos, simulando una vida que no es la nuestra por el mero hecho de adornar nuestra espalda con una mochila Lowepro, much@s fotógraf@s aficionad@s vuelven de sus viajes por países pobres y exóticos sintiéndose muy ufanos por haber tomado imágenes que generalmente solo propagan una visión simplista, colonialista, blanca y eurocentrista de una realidad que nosotros, a falta de verdadera información y penetración, tomamos por exótica solo porque, siéndonos completamente ajena, reclama visualmente nuestra atención.

¿Y qué?  Veo toneladas de imágenes cutáneas, someras, que me muestran realidades incomprensibles, presentadas fuera de contexto, cazadas a vuelapluma, capturadas distraídamente con cámaras como cazamariposas. Lo que se ve en ellas –niños harapientos o desnudos con ojos desorbitados por el hambre en brazos de sus madres bajo una choza de paja…- en el mejor de los casos rinde tributo a esa fe idealista,  platónica, propia de un arte, la fotografía, que surgió en una época que, tal y como nos recuerda Régis Durand, Nietzsche definió como “aún piadosa”, según la cual el registro y difusión de esas escenas restauraría, o contribuiría al menos, a la justa balanza de los crueles desequilibrios sociales que de este mundo.

Foto: Juan María Rodríguez / Etiopía 14

No es verdad. En realidad, esas imágenes niegan los principios esenciales del documentalismo fotográfico -tiempo, conocimiento, empatía- y solo contribuirán a engordar sus cuentas de “likes” o –peor aún- ganar para sus beneficiarios algún que otro premio en esos concursos asociativos donde aún se rinde culto a la miseria si se presenta estéticamente en un buen papel baritado. Más allá de los aficionados incluso. El gran Manu Brabo ha advertido cómo una tropa de fotógrafos atraídos por el «glamour» y el impacto visual de los conflictos sociales, solo están produciendo «ruido» con sus imágenes. «Cuando lo único que aportas es ruido y cuando no nos damos cuenta de que el objeto de nuestro trabajo sufre muchísimo, lo único que satisfaces es el ego. No cambias la vida del refugiado. No aportas nada al fotoperiodismo. Solo haces una maniobra para obtener likes».

Sin ninguna conciencia de que, tal y como ya nos avisó Susan Sontag, “hay algo depredador en el acto de tomar una foto” pues fotografiar a las personas las convierte en objetos “que pueden ser poseídos simbólicamente”, el safari de los aficionados ingresa en ocasiones en acciones que tienen un algo de indecente y de moralmente reprobables. Como pagar por los posados, tal y como como yo mismo viví, por ejemplo, en las tribus del Sur de Etiopía en una de las experiencias fotográficas más aberrantes de mi vida. Allí, fotógrafos moviéndose en bandadas y pandillas llegados a menudo en safaris organizados, se mueven como cazadores por un set que parece organizado para ellos y han de pagar disparo por disparo a unos moradores que desde primera hora estaban esperando su llegada para posarles, de tal forma que la pretensión de hacer algo parecido a un documentalismo meridianamente veraz y espontáneo se vuelve una ficción y una patraña, pues desde el primer momento queda claro que para los turistas con cámara, ese conjunto de chozas son el decorado de un teatro, sus habitantes los actores del drama y ellos, los fotógrafos, los espectadores que deberán pagar por una función de la que depende el ecosistema financiero del poblado. Y así, perpetuando clichés mil veces vistos, buscando no una verdad sino una pose icónica, disparando sus cámaras sociológicamente a ciegas, se eterniza un círculo vicioso que ancla el hambre a las chozas con la condena de un bucle. Haber participado de ese tinglado una vez no me honra.

Foto: Juan María Rodríguez / Etiopía 14

Pagar porque el hambre –o el pintoresquismo o el exotismo convertido en oficio y beneficio- continúe intacto tal y como lo deberá encontrar el próximo fotógrafo. También lo avisa Susan Sontag: “Tomar una fotografía es tener interés en las cosas tal como están, en un “status quo” inmutable, ser cómplice de cualquier cosa que vuelva algo interesante, digno de fotografiarse, incluyendo, cuando ése es el interés, el dolor o el infortunio de otro”. Por supuesto, el contacto humano, más allá del tráfico de clicks y monedas, se vuelve imposible. Quebrar esa máxima por una legítima obligación informativa y periodística es una cosa. Satisfacerla por el prurito de fingir lo que no somos por la mera ambición de cosechar algún tipo de victoria vanidosa –ya sean likes o premios en concursos- otra.

Ejercicio de reduccionismo antropológico que no contribuye a la comprensión del mundo pues ese tipo de fotógraf@ excluye el conocimiento razonablemente profundo de qué es lo que está fotografiando tan a la ligera, el “surfeo” fotográfico de los aficionados ha llenado las redes de imágenes impactantes, que sin embargo no nos revelan ni nos cuentan la verdad del mundo. Más bien, y con la estridencia de su ruido visual, la vuelven más confusa y más opaca.

Colonialismo y fotografía
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13 pensamientos en “Colonialismo y fotografía

  • 15 febrero 2020 a las 17:07
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    Te honra la sinceridad que muestras en este artículo. Acertada reflexión sobre el tema.

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    • 16 febrero 2020 a las 09:10
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      Gracias, Juan Carlos. (La experiencia de Etiopía tenía que expulsarla, je, je. Aquello fue duro. No obstante, solo fue la expresión más radical de una forma de fotografiar que, de maneras más «naturales» y sutiles acompañan al trabajo habitual de much@s aficionad@s, me temo). Saludos!

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    • 16 febrero 2020 a las 09:12
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      Gracias, Luis. (Me puedo equivocar o no, pero la verdad es que a esta altura del partido, uno no se decide a montar un blog si no es para descargar alguna verdad que otra.) Saludos!

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  • 16 febrero 2020 a las 09:53
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    No sé por qué tenemos que pedirle al hecho de fotografiar cosas que no tiene. Muchos días salgo a hacer fotos, capturar momentos decisivos en mi ciudad, una aburrida ciudad. Si tengo suerte y dinero para viajar a un país exótico donde todavía haya elementos que llamen mi atención por que todavía no han sido asimilados totalmente por la globalización, mi cabeza y mi cámara estallarán en clicks que quiero llevar a mi casa. Las fotos están hechas para que alguien las vea y le gusten, si no no existen, como las fotos de Vivian Maier que no existieron hasta que las descubrió Maloof. Los que buscamos premios y likes hacemos lo que podemos (buscar fotos bonitas y llamativas) en este mundo tan falso, lo mismo que los fotorreporteros que buscan gloria y sustento en otras partes quizás más difíciles haciendo como quien te revela la verdad. Al fin y al cabo, como dijo quien ya sabemos, la fotografía es mentira, siempre ha sido mentira. Lo importante es mentir bien. Y no sé quien miente mejor, el aficionado que fotografía un poblado del sur de Etiopía o el que viaja incrustado en un ejército en Irak o Libia.

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    • 16 febrero 2020 a las 13:08
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      Luis, la verdad es que desde tu primera línea -«No sé por qué tenemos que pedirle al hecho de fotografiar cosas que no tiene»- no coincido contigo en nada: para mi, la fotografía tiene muchas cosas que pedirle. O más bien: es ella la que nos pide, y exige, a nosotros. Si el relativismo de pensar que todas las -para ti- mentiras son iguales te lleva a no distinguir entre hacer fototurismo en los poblados del sur de Etiopía o fotografiar un conflicto en Libia o Irak, entiendo que todo te resulte lo mismo. Yo no lo veo así, desde luego. Saludos

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      • 17 febrero 2020 a las 08:14
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        Muchas gracias por la contestación, Juan María. No tengo ganas de polemizar y mucho menos en tu blog que he comenzado a seguir tras ser asiduo oyente de Full Frame, pero como creo que me quedó un comentario un poco nihilista querría puntualizar un par de cosas. No he estado en Etiopía ni en lugares parecidos pero he oído que si llegas a ciertos poblados en horario equivocado te puedes encontrar al personal borracho y tienes que salir muy rápido. He estado en otros lugares, como en Benarés (1.200.000 habitantes, difícil de colonizar, pero un gran destino turístico para los indios) y me he negado a pagar a los shadus para que me posaran y no me he traído tan magníficas fotos como mis compañeros. En algún caso sí he pagado por modelos, lo reconozco (pagar a los modelos no es colonización, por lo menos si se hace en occidente). Con esto quiero decir que soy consciente de que esto que cuentas (y más) sí existe.
        Con mi frase inicial quería decir que mucha gente asocia a la fotografía la cualidad de la verdad y no la ha tenido nunca. La fotografía no es mas que hacer dibujitos con la luz, y cada uno de nosotros hace lo que puede. Pensar que los nuestros son los más honestos debería ser suficiente. No hace falta atacar a los demás, que el fotógrafo de likes y concursos (sí, soy uno de ellos, pobre de mí) no va de documentalista ni de fotorreportero.

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  • 17 febrero 2020 a las 11:08
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    Efectivamente, sobre la honestidad de lo que tú llamas «dibujitos con la luz» es sobre lo que va este artículo. Saludos, Luis.

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  • 31 julio 2021 a las 23:04
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    Muy interesante la discusión.
    Yo no pretendo aportar más leña al fuego por ninguna de las partes, pero mi experiencia en el Valle del Omo fue un poco traumática. En los mercados podías hacer fotos libremente, sin problemas. Pero cuando visitabas un poblado había que pagar por cada click, sí, ellos cuentan los clicks. Mi experiencia fue un poco cómica porque no hacía fotos y la gente del poblado se quejaba de mi inacción. Yo les explicaba que no llevaba cámara, pero ellos no son tontos y saben reconocer una bolsa fotográfica, así que me cogían del brazo y señalaban la bolsa!
    Y luego no creas que van así de adornados todo el día, sacan los Kalashnikov y se engalanan cuando oyen que llega un coche porque el coche significa turistas.
    Pensándolo bien yo me alegro de este turismo fotográfico/étnico porque es una fuente de ingresos que les da de comer. Pero de servicios sanitarios o escuelas, cero pelotero.

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