Desbordado por la invasión de imágenes –ya sean “domésticas” o con ambiciones de “autoría”- que pretenden relatarme el día a día del confinamiento de sus autores. Abrumado por el público exhibicionismo de unas reclusiones tan banales como la mía. Para qué queremos, me pregunto, la tonelada de detritus visual que circula por la red cobijada bajo el paraguas del coronavirus. El encierro empieza a urgir también una desescalada fotográfica.

Desbordado por la invasión de imágenes –ya sean “domésticas” o con ambiciones de “autoría”- que pretenden relatarme el día a día del confinamiento de sus autores. Abrumado por el público exhibicionismo de unas reclusiones tan banales como la mía. Perplejo ante la capacidad de las imágenes, tan previsiblemente parecidas, “para vivir por su cuenta y replicarse a la manera de un virus mutante”, en ajustada expresión, para estos días, de Juan Martín Prada.

Embotado, sí, y tanto, que sospechando que el Covid-19 pudiera estar siendo usado como una  “coartada dramática” –empática, sí, pero al fin y al cabo solo un paraguas de ocasión, tal y como algún que otro fotógrafo amigo que cree exactamente lo mismo, me ha comentado privadamente estos días- para intentar elevar el rango de las imágenes y justificar con un plus de necesidad, la circulación de tantas fotografías rutinarias y anodinas. Para qué queremos, me pregunto, la tonelada de detritus visual que circula por la red cobijada bajo los hastag #coronavirus, #covid19, #pandemia #confinamiento y una multitud de otros similares. Urgiendo ya para este encierro una «desescalada», también fotográfica.

Por supuesto que veo algunas imágenes extraordinarias arrancadas del espíritu de estos días: quien antes del 13 de marzo ya sabía relacionarse fotográficamente con su cuerpo o tenía un discurso visual basado en la fotografía como una selectiva bitácora de las pequeñas cosas que rodeaban su vida cotidiana, ahora brilla doblemente. Y no desdeño, en cualquier caso, lo que los fotodiarios del confinamiento puedan contener de terapia íntima y de catarsis, mucho en algunos casos y absolutamente nada en su mayoría. Tampoco ignoro que en otros tantos solo se trata de un juego sin más aspiraciones que aliviar el aburrimiento. Y, sobre todo, valoro mucho lo que esas imágenes domésticas, tan interpares e idénticas en la expresión de los miedos, las soledades y las fragilidades colectivas, nos dicen visualmente de la igualación de nuestro destino común, por mucho que esa igualación sea también muy relativa, pues no todo el mundo vive el confinamiento del mismo modo.

Aclarada esa advertencia previa, me voy a Instagram y, tras contabilizar el alcance estratosférico de la inundación -solo #coronavirus: 21.200.000 publicaciones y #covid19: 17.100.000, el sábado 8 de mayo por la noche- naufrago en el mareante océano de imágenes en el que las potencialmente dramáticas o con alguna enjundia quedan neutralizadas, igualadas o devaluadas a la baja, por el contagio de la multitud de las otras baladíes e innecesarias que las rozan en el mismo «timeline» en el que habitan juntas. A las urgencias derivadas de la vida en pantalla que ya conocíamos, solo le faltaba el  cataclismo de un “evento global” del calibre del coronavirus, para acelerar hasta el delirio la dictadura de tener que producir y distribuir rápida y compulsivamente las instantáneas del relato de nuestra vida convirtiendo a la fotografía, y no solo a la «popular», en (aún) más vacua, aleatoria, indecisiva. El problema es que, contado así de tan masiva y puerilmente, el relato que construyamos termine constituyendo una gigantesca banalidad. Algo que podría dar igual, salvo que –como yo- creas en el aviso de Regis Debray: “Cada cultura, al elegir su verdad, elige su realidad: aquello que decide visibilizar y que sea digno de representación”. De modo que es muy importante elegir qué queremos visibilizar.

Mascarillas, muchas mascarillas. En el rango “popular” del bombeo visual del covid reinan las mascarillas multiplicadas en fotos lanzadas como emoticonos. En la Red, la fotografía hace ya tiempo que opera como un instantáneo emoticono. Selfies enmascarillados, miles luciendo la cansina «v» de la victoria. El selfie, que antes de la pandemia ya era la expresión gráfica de “una adicción que remite al vacío del yo”, según Byung-Chul Han, ha encontrado en la zozobra, la inseguridad y la incertidumbre de los tiempos del Covid19, la coartada sideral para multiplicar el imperio público de la exhibición del vacío interior, ya sea en formato selfie o en posado habitualmente histriónico. Si se comunicara una vez, vale, pero el giro de 360º que el selfie ha operado sobre el sistema fotográfico en la Red está basado en la renovación incesante de la imagen que, así lanzada en bucle, como relámpago efímero y aditivo, desactiva su propio valor, reduciéndolo a una forma boba del saludo o a un recolector de «likes», esa recompensa banal que ha contagiado el uso público de la fotografía con su virus narcotizante. Algunas formas amateurs de la «fotografía de autor» tampoco están libres de él.

Captura de Instagram.
Captura de Instagram

Pero la dictadura derivada de vivir instalados en un acelerado “tiempo tecnológico” que ya no forma parte del tiempo cronológico, sino que ha surgido como un tic-tac inmanente y perentorio de la vida en pantalla, también ha terminado  arrastrando hacia estas prisas y hacia este continuo “momentun presentista” a fotógrafos entrenados en la vieja idea de la imagen entendida como excepcionalidad y selectiva preservación de la memoria, que les había inoculado la lenta cultura analógica, hoy difunta.

Sí. En mi garbeo, también veo a muchos de esos fotógrafos que parecían entrenados en la idea del trabajo cocido a fuego lento, ahora impelidos por la urgencia innecesaria de mostrar las inanes, comunes, irrelevantes imágenes del enclaustramiento en sus casas. Sin filtrar. A bocajarro. Por supuesto, visualmente mucho más depuradas, pero rendidas igualmente a la dictadura del “timeline 2.0” que exige cambiar frenéticamente en la Red los elementos visuales de nuestro yo público. Porque es sabido que, como explica muy bien Ingrid Guardiola, “hoy ya no se trata de ver, sino de ser visto”.

Así, y llegados a trabajos de mayor aspiración creativa y documental,  además de algunas propuestas estupendas que huyen de mostrar la epidermis espacial por la que ahora deambula nuestro “yo encarcelado” lideradas por fotógrafos que por algo llevan mucho tiempo trabajando la fotografía más interior y reflexiva, encontramos un grueso surtido de posibilidades mucho más manidas que van de las inverosímiles geometrías urbanas conquistadas tras doblarse el cuello para sacar la cámara por la ventana al estrecho patinillo del edificio, algún juego de color extraído de las luces nocturnas fosforesciendo en la fachada de enfrente –si hemos tenido suerte con la fachada de enfrente que nos deparó la elección de nuestra casa-, los muy socorridos espejos bañados en vahos difusos que reflejan borrosamente nuestra imagen fragmentada y descompuesta como metáfora de nuestra identidad quebrada y nuestro incierto futuro; la perseverante mano que se apoya abierta y extendida sobre un cristal grueso y traslúcido dejando muy atrás la figura emborronada de su dueño y así hasta las recurrentes sombras chinescas, mayoritariamente propias, bien sea desplazándose por las azoteas, entre el recorte siluetado de la colada, o arrastrándose por los salones pretenciosamente travestidas de alguna incierta transcendencia metafísica. (Por cierto: por el bien del equilibrio social, estas semanas debería estar prohibido mostrar en público ciertos salones y algunas terrazas.) Y del otro lado: muchas imágenes espesamente oscuras y atormentadas, en la línea Francesca Woodman, y otras tantas -mucho díptico- tenebrosamente crípticas y simbólicas que, con mayor o menor acierto y a veces envueltas en unos textos igualmente enigmáticos y farragosos, al menos nos invitan a penetrar en otro mundo y nos sacan del agotadísimo cliché de los salones y las balconadas. Sin embargo, otras veces, como en el ejemplo de abajo -que lamento no citar pero me he propuesto no personalizar este post con nombres propios, ni para mal ni para bien- la propuesta, empezando por su propio diseño visual, brilla.

Captura de Instagram

Bueno, clasificaciones y estereotipos visuales -los que se repiten abrumadoramente- y bromas aparte, yo recibo la mayoría de esas imágenes circulando desbocadamente por la Red como la última expresión de lo que en ella se ha convertido la fotografía: otra forma ciega del embotamiento. Bajo la excusa de “documentar su tiempo” –que siempre fue una coartada muy socorrida en la “street” para justificar los trabajos más peregrinos: es irónico constatar que alguno de los fotógrafos acogidos a ella luego censuren virulentamente en público el arriesgado empeño de los verdaderos documentalistas enfrentados en la calle, ellos sí, a la posibilidad del contagio directo-, innumerables fotógrafos nos cuentan  una vida privada que, por otra parte, nunca se atreven a la osadía de desnudar del todo, ni remotamente, quizá otras entre múltiples razones, porque antes del confinamiento la mayoría no eran fotógrafos intimistas o reflexivos y ahora, plegados sobre sí en el estrecho espacio acotado de sus casas, se encuentran fotográficamente desorientados, perdidos, disparando con la voz impostada de ese cantante que asume un rol que no es el suyo. Se les nota.

Pero ahora, como el Tonino del relato de Italo Calvino, arrastrados por la orden universal de dejar millones de clónicos rastros digitales del encierro, tienen que seguir fotografiando. El niño aburrido tendido sobre el sofá de su casa. Lo que sea, pues forzados a la tarea diaria de inquirir  el mundo con su cámara, ahora prisionera de los límites angostos del confinamiento, les dirige la pulsión de seguir haciendo fotos a toda costa. Los describió muy bien Italo Calvino: “Basta empezar a decir de algo: «¡Ah, qué bonito, habría que fotografiarlo!» y ya estás en el terreno de quien piensa que todo lo que no se fotografía se pierde, es como si no hubiera existido, y por lo tanto para vivir verdaderamente hay que fotografiar todo lo que se pueda, y para fotografiarlo todo es preciso: o bien vivir de la manera más fotografiable posible, o bien considerar fotografiable cada momento de la propia vida. La primera vía lleva a la estupidez, la segunda a la locura.” Susan Sontag lo ratificó a su modo: el voyeurismo crónico instalado por la fotografía y la omnipresencia  de las cámaras “sugiere persuasivamente” que el tiempo consiste en acontecimientos “dignos de fotografiarse”. Cuando el “acontecimiento” es nuestra casa, fotografiamos nuestra casa. Supongo que los fotógrafos que han operado siempre en la creencia de que no podían salir a la calle sin su cámara y en la obligación de que al regresar debían traer alguna captura de vuelta -frente a los que solo la empuñan cuando creen que deben «construir» una imagen o predisponer el cuerpo para el encuentro azaroso con la fotografía- no pueden hacer otra cosa, simplemente. Incluso puedo imaginar la desazón, los desvelos, hasta la angustia, de quien acostumbrado a moverse habitualmente frente a la plasticidad de los escenarios naturales o frente al ajetreo incesante del teatro de las calles, ahora se enfrenta a la odisea de intentar extraerle algún partido gráfico al último rincón de su cuarto de baño o su cocina.  Y no sabe cómo hacerlo. El error de cálculo es elegir un tema que -salvo que estés muy bien entrenado- les da muy poco juego.

Está bien. Es evidente que ahora el mundo se nos ha vuelto ajeno de golpe y que la experiencia directa sobre el mundo ha quedado limitada a una esfera muy estrecha. Pero añado que, como observa el escritor Martín Caparrós (por cierto, muy aficionado a la cámara) por eso mismo es doblemente importante cómo construimos el relato, con qué narrativa vamos a inventar este nuevo mundo tan restringido de experiencias, heredero de aquél otro en el que ya la nueva e inquietante forma social del «estar» era la abotargada y ensimismada del «mirar». Ahora solo ha ocurrido que nos precipitamos más profundamente en ese riesgo. Por eso creo que la de las imágenes también debería engrosar la nueva ecología que de la pandemia debiera derivarse, si es que queremos salir de esta, también, con ojos limpios y nuevos.

Para empezar, creo que no nos vendría nada mal empezar ya a aplicarle al covid una buena desescalada fotográfica.

A desescalar
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10 pensamientos en “A desescalar

  • 11 mayo 2020 a las 15:34
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    Que interesante desde el principio hasta el final. Que bien… Eso sí, si hubieses escrito antes, más de un trabajo hubieses ahorrado😀

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    • 11 mayo 2020 a las 18:57
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      Ja, ja, ja…, aunque no creo que hubiera evitado gran cosa: la gente es muy tenaz, je, je. Gracias, Gonzalo, un placer!

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      • 13 mayo 2020 a las 14:13
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        ¡Excelente!

        Somos así de básicos.
        El afán por documentar le sacado la cámara de la mano a unos pocos, y se la entregó a todos, ya la fotografía dejo de ser técnica para convertirse en intención, ahora las fotos en el mundo tienen el peso de una línea cualquiera de chat.

        Será el trabajo de unos pocos el saber curar y construir una historia con todo el material disponible.

        La gente básicamente hace click, pero no sabe lo que está haciendo.

        El valor ya no estará en el click tal vez.

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        • 14 mayo 2020 a las 17:21
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          «Ahora las fotos en el mundo tienen el peso de una línea cualquiera de chat». Me gusta mucho eso, Christian. Sí, yo también creo que la gente -en la gran torrentera visual que nos inunda- básicamente hace «click» y suelta su imagen sin saber muy bien, como dices, lo que está haciendo. Tienen todo el derecho a ello, por supuesto. Pero observar el fenómeno satura bastante. Gracias por pasarte, un placer. (Material disponible para construir un relato con este océano visual de covd no falta, no, je, je)

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  • 11 mayo 2020 a las 19:51
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    Siendo uno de los animales fotográficos descritos, y además plenamente identificado en el texto, como cuando de repente te ponen un espejo delante, no podría estar más de acuerdo con el artículo.

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    • 11 mayo 2020 a las 20:25
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      Jolín, Pedro, te agradezco mucho este comentario porque escribir este tipo de textos es siempre un tanto arriesgado. Uno teme ofender a alguien. Te agradezco mucho el fairplay me alegra saber que -al menos que como tú se siente identificado- no he errado mucho el diagnóstico. No obstante, todo trabajo fotográfico tiene siempre un nivel de utilidad privada y seguro que el tuyo lo tiene para ti. Un abrazo! (Oye, y lo de «animal» lo has dicho tú, eh, je, je, je)
      J.

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  • 14 mayo 2020 a las 11:13
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    Me encanta que la gente, en este caso tú, no solo sepa poner las comas en su lugar sino que además encuentra las palabras a mis pensamientos y eso que yo tiro de cámara.

    Ah! otra cosa, no te apures el señor Fontcuberta ya esta sabiendo que hacer con todas esas imágenes.
    Salud, vuelve pronto.

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    • 14 mayo 2020 a las 17:24
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      Gracias, Isa, te agradezco mucho el feedback porque este era -es- un texto comprometido y arriesgado. Sí, seguro que Fontcuberta sabe qué hacer con esto, je, je. (Y si yo supiera, también lo haría, je, je. Ahí hay una mina)
      J.

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  • 14 mayo 2020 a las 15:27
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    «Ahora las fotos en el mundo tienen el peso de una línea cualquiera de chat». Me gusta mucho eso, Christian. Sí, yo también creo que la gente -en la gran torrentera visual que nos inunda- básicamente hace «click» y suelta su imagen sin saber muy bien, como dices, lo que está haciendo. Tienen todo el derecho a ello, por supuesto. Pero observar el fenómeno satura bastante. Gracias por pasarte, un placer. (Material disponible para construir un relato con este océano visual de covd no falta, no, je, je)

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