Asociada a la conectividad, la autopromoción y el exhibicionismo de las redes sociales, el consumo epidérmico de las imágenes alcanza su climax en talent-shows como «Top Photo» que certifican que la fotografía de consumo masivo ya no sirve para ver sino para ser visto.

Concursantes de Top Photo abordando sus retos fotográficos.

No es que yo esperara que el talent show de una televisión generalista pudiera servir para difundir la profunda cultura fotográfica. Ni la fotográfica ni ningún otro tipo de cultura. Pero, al igual que ya anticipó «Cam Om!», «Top Photo» visualiza plenamente la transformación de la fotografía de consumo popular en una frívola banalidad basada en la idea «turística» del ver, esa forma epidérmica de consumir las imágenes asociada a la instantaneidad, la autopromoción y el exhibicionismo de las redes sociales, que son el verdadero motor que bombea la maquinaria del programa, en las que la imagen se ha convertido en un devenir sin otro sentido que representarnos en este nuevo mundo visual en el que, convertidos ya todos en fotógrafos, parecemos obligados a la esclavitud de renovar incesantemente nuestros muros / pantallas con el «continual snapping» (1) de nuestra biografía puesta en imágenes. Por bobas que sean. Ambas. La biografía y las imágenes.

La elección del jurado y los concursantes no deja lugar a dudas. Guapos. Fashion. Mediáticos. Influencers. Monarcas de Instagram con 100 o 200K de followers encantados de conocerse y de publicitar sus aventuras narcisistas y egocéntricas. Todas de una pobreza visual asombrosamente inane y de un exhibicionismo ególatra de tal calibre que, comparado con él, produce melancolía leer el dicto de lo que Walter Benjamin vislumbró ya a mediados de los años 30: «En la fotografía, el valor exhibitivo comienza a reprimir en toda la línea el valor cultural». Un siglo después, en la fotografía de trasiego popular -nos guste o no, y fuera de los circuitos etiquetados como culturales y de las catacumbas de los aficionados, la fotografía que, abrumadoramente, circula- las imágenes parecen propagarse solo para cumplimentar el mandato de mostrarse a sí mismas, de ratificar la idea de un mundo concebido como eso, como imagen, previo incluso a la voluntad de tomar fotografías. Las fotografías ya no se toman para averiguar y descubrir el mundo. Las fotografías circulan hoy como una forma de «estar» en el mundo. Hemos sustituido la vieja glorificación de la cháchara que trajeron primero el móvil y después los grupos de WhatsApp por la circulación incesante de una bacanal de imágenes. Difundimos banales fotografías como una forma de decir: «Hola». Y lo hacemos compulsivamente por varias razones. Porque tomar fotografías fue siempre una forma de combatir la ansiedad (2). Porque la exigencia de interactividad demanda continuamente nuestra presencia en la nueva esfera virtual. Porque, a diferencia de la analógica, en el nuevo universo del «fotografiar-como-tocar», la fotografía digital «no mira ni representa: solo emula, reitera y busca pertenecer. No es un producto, es un gesto» cuya difusión automatizada por el smartphone solo anhela ratificar la pertenencia al grupo (3). Y porque, al fin, la fotografía ha establecido una relación «simbiótica y tóxica» con una forma del consumo en las sociedades capitalistas basado en transmitir la apariencia de una «felicidad enlatada» (4). Ese tipo de felicidad trivial que se adapta bien a la cosechadora de «likes» y «followers» de las pantallas iluminadas y conectadas en red.

Efectivamente, y al igual que en Instagram, ese sitio que al decir de Adam Curtis «es el realismo socialista de nuestro tiempo porque representa la imagen de personas felices», en «Top Photo» vemos a los concursantes desplegar en cada reto un agotador empeño pueril por trasladarnos un mundo de felicidad sin más fisuras ni conflictos que su lacerante ego inexplicablemente herido por las cosas más bobas: meras estrategias de la narrativa televisiva para fingir una aparente y ridícula tensión creativa. Cuando la imagen, que hoy ha derivado de objeto a signo contribuyendo a naturalizar la sensación de irrealidad latiendo inmanentemente en nuestras pantallas nos sumerge en la colección de bobadas que nos presenta «Top Photo», nos sobresalta la certeza de que la toma y consumo popular de fotografías ya no sirve para ver, sino para ser visto y constituye una forma agotadora de ese nuevo régimen de la historicidad que François Hartog bautizó como «presentismo». (5)

Como seguir en sus redes a los concursantes. La lógica incansable del relato de la vida transformada en una sucesión de «momentums» que un smartphone -patrocinador del programa- puede renovar cada segundo, nos confirma que la idea del «instante decisivo» y la visión de la fotografía como preservadora de la inmortalidad de los episodios más o menos transcendentes de nuestra vida, ha muerto para dejar paso a esta ordalia de «momentos indecisivos», aleatorios, perfectamente olvidables y, lo peor, replicables. Como sostiene Joan Fontcuberta, lo que antes era memoria ahora es comunicación. Lo que antes era representación ahora es conectividad. Los concursantes de «Top Photo» no han sido elegidos por su brillante dominio de la composición, la técnica o la creación de un irresistible universo visual propio. Han sido elegidos porque, alimentándose hoy la televisión del tráfico digital de las redes, previamente habían triunfado en la nueva esfera virtual, esa cuya sangre vivificadora chupa ahora la vieja sociedad del espectáculo inyectando prisa, urgencia neurótica, por consumir continuamente unas imágenes que se nos presentan ante nuestros ojos a una velocidad que, paradójicamente, nos inmoviliza y nos encapsula en ese nuevo tiempo sin tiempo que Manuel Castells bautizó como «timeless time» (5). Ése es el reino del que, readaptado para el formato televisivo, procede Top Photo.

Y todo esto es posible hacerlo con la fotografía más que con cualquier otro arte porque la fotografía es fácilmente manejable, infinitamente reproducible y puede ser conectada instantáneamente a los sistemas de flujo en red. Casi se diría que la fotografía parece haber nacido para culminar su transformación en ellas. Lo que circula abrumadoramente por la Red puede convertir a nuestros ojos, fascinados ante su adictivo espectáculo cambiante, en una vía de conocimiento, sí. «Pero también de estulticia, ya que esta fascinación puede llegar a ser anómica, asignificativa y amoral. Las imágenes pueden anular nuestra capacidad de hablar de las cosas, de darles significado o un valor ético y moral» (5).

Extremadamente fácil de canibalizar y devorada por su propio ruido, viendo en «Top Photo» como ha derivado la práctica popular de la fotografía uno solo puede darle la razón a Thomas Bernhardt: «Las imágenes han puesto en movimiento el proceso del embrutecimiento universal» (6).

Imágenes presentadas por los concursantes de Top Photo

Barridos por el nuevo imperio del número «K» de tus followers, de «Top Photo», y con olímpico desprecio, han desaparecido los viejos valores de la formación artística, la disciplina y la maduración necesarias para alcanzar una obra fotográfica digna, en términos creativos y artísticos. A cambio, y en sintonía con su concepción de mero transportín televisivo de una práctica fotográfica que masivamente ya habita en la Red, «Top Photo» transmite una idea delirantemente chiripitifláutica de lo que consiste en ser fotógrafo. Si en un talent-show musical, los aspirantes a cantantes suelen afinar y saben distinguir la melodía de la armonía, en «Top Photo», al igual que ya ocurría en «Cam On!», los candidatos pregonan su impudicia técnica y su incultura fotográfica sin ningún pudor. Como si antes de pisar el plató ya estuvieran validados solo por su éxito en la Red. Visualmente, el programa clona los clichés, los topicazos gráficos, la impostura fotográfica y propaga como una señal de éxito el tremendo error de confundir la fotografía con las imágenes más artificiales, simplonas e impactantes: precisamente esas que brillan, por colorido, contraste o saturación, en el fulgor del microsegundo en el que nuestros ojos, mientras cruzamos un semáforo, consumen la pandemia visual que nos asalta.

Por supuesto, habrá quien se pregunte qué tiene que ver todo esto con nosotros, devotos de Cartier-Bresson y de Koudelka, cuyas láminas acariciamos nostálgica y confortablemente en casa como quien transita apaciblemente por lo que, de hecho, son: un espacio museístico. Pues tiene que ver todo, si lo queremos; o nada, si preferimos seguir ignorando que, fuera del museo, la fotografía vive ya en dos universos paralelos y (casi) antagónicos. La fotografía, digamos, «de tradición culta» -esa confinada en los circuitos sellados como prestigiosos y exquisitos- y estas nuevas formas dominantes del consumo visual.

Pero, cuidado: sin elevarlos a la categoría que no tienen, no despreciemos lo que estos programas nos revelan. Ya ha ocurrido en la industria de la literatura. Hasta ahora, Instagram y la fotografía, ya sea en sus editoriales -consumido el boom del fotolibro, cada vez más menguantes y desplazadas al socorro de la autoedición y el crowfunding- como del circuito de sus premios y festivales -amenazado de derrumbe por la falta de financiación pública que se vislumbra para la Era PostCovid- habían vivido vidas paralelas sin rozarse. Como dos planetas opuestos. Pero del mismo modo que Youtube o Instagram ya han bombeado hasta las editoriales a la nueva élite de los escritores millennials que con productos de muy bajo perfil literario están haciendo cajas que ya quisieran para sí los llamados “escritores tradicionales”, ¿ocurrirá pronto que en la fotografía se producirá también ese trasvase? Me pregunto.

Urgida de éxito, resonancia y negocio, ¿cuánto tardará la industria fotográfica oficial en reclutar y asimilar a estos instagramers exitosos y felices sin necesidad de saber quién es Koudelka y cuyo mayor discurso teórico consiste en repetir como un mantra feliz: «¡¡¡Chicos, tenemos un fotón!!!»? Por lo pronto, su presencia televisiva certifica la debilidad que la fotografía tiene para deslizarse hacia, digamos, el lado oscuro. ¿O será solo que, viéndolos ahí, tan decididos y triunfantes, al igual que como otros tantos me siento el último habitante de un planeta abandonado del que solo recibimos, como esa luz extinguida de las estrellas muertas, el lejano resplandor de la gloria de su pasado mientras las nuevas estaciones emiten una señal fresca y cegadora cuyo código nosotros, habitantes ensimismados de un viejo museo, ya no sabemos interpretar?
No lo se. Pero, por lo pronto, ya están aquí: desacomplejados, soberbios, triunfantes y dueños de la tele rifándose un premio de 15.000 euros muy difíciles de trincar en el circuito culto de la fotografía. Ellos podrán ser, quizá, una anécdota. Pero, sabedores nosotros de que la fotografía digital provocó ya el advenimiento de otra ontología, otra teleología y otra economía, viéndolos tan dueños de la nueva situación, por muy anécdota trivial que nos parezcan parecen la encarnación definitiva del dicto último de Laura González-Flores: «Estamos ante otro modo de existencia de la fotografía».

  1. Juan Martín Prada / «El ver y las imágenes en el tiempo de Internet» / Akal
  2. Susan Sontag / «Sobre la fotografía» / Edhasa
  3. Laura González-Flores / «La fotografía ha muerto, ¡viva la fotografía!» / Herder
  4. Ricky Dávila / «Tractatus logico-photographicus. La fotografía explicada a los atunes» / Círculo de Lectores
  5. Joan Fontcuberta / «Revelaciones» / Gustavo Gili
  6. Ingrid Guardiola / «El ojo y la navaja. Un ensayo sobre el mundo como interfaz» / Arcadia
  7. Thomas Bernhardt / «Extinción» / Alfaguara
Top Photo / Segunda temporada. Programa 1. Junio 2020
De fotografía, redes y talents

7 pensamientos en “De fotografía, redes y talents

  • 23 julio 2020 a las 07:42
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    Amén. Directo y certero. Me quedo con lo de » momento indecisivo». No he visto ningún » Top Photo»,:ni ganas ni morbo tengo. Te mando un saludo antes de volverme a mi museo de nostalgias, aunque estén fechadas recientemente. Y es que, incluso la tan ( e injustamente, a mi entender) criticada Lúa Ribeira está mas cerca de Lisette Model, que no de cualquier instagramer. Allí se queden con sus 100K que lucen como otros tantos kilates, eso sí, no en papel, sino sólo en pantalla.

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  • 23 julio 2020 a las 11:32
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    Supongo que hace 90 años le afearías a Robert L Johnson grabar un disco sin pasar por el conservatorio o por no componer una sinfonía, qué se yo.

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  • 23 julio 2020 a las 17:14
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    !!!!Vivan los fotolibros, las exposiciones de fotografía, las charlas fotográficas y el gazpacho !!!!

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  • 24 julio 2020 a las 05:09
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    Abandono el programa voluntaria mente les diría yo a ese jurado, hasta luego Lucas. Menudo paripé. Al final, ¿qué es lo que se aprende? Esto me convierte cada vez más en dinosaurio.

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